La Habana en llamas: protestas crecen mientras el apagón prolongado desata choque con la policía
Una nueva ola de protestas estalló en varios barrios de La Habana, generando escenas de tensión y confrontación directa entre vecinos y fuerzas policiales. El motivo: cortes eléctricos que superan las 20 horas diarias, una crisis energética que está dejando a miles sin luz, sin refrigeración y sin respuestas concretas.
La noche del miércoles, vecinos organizados con cacerolas salieron a la calle, bloquearon avenidas y prendieron fuego a basureros en distritos como Playa, Lawton, Guanabacoa y San Miguel del Padrón, donde el malestar se volvió palpable y visible para el gobierno cubano. Las imágenes que circulan en redes sociales muestran un despliegue policial inédito: numerosas patrullas y agentes de la Policía Nacional Revolucionaria desplegados para detener a los manifestantes, quienes, en algunos casos, se resistieron y se enfrentaron físicamente a los oficiales.
La cadena de protestas refleja un hartazgo creciente frente a un colapso del Sistema Electroenergético Nacional que el propio presidente Miguel Díaz-Canel ha admitido estar en un “momento tenso”. Según datos oficiales, la demanda máxima el miércoles fue de 3,250 MW, con un déficit de más de 2,000 MW, cifras que ilustran la magnitud del problema sin una solución clara a la vista.
En el municipio Playa, se documentaron detenciones en plena calle, mientras en San Miguel del Padrón los ciudadanos se plantaron frente a sedes gubernamentales exigiendo que regrese la electricidad. A lo largo de la capital, la protesta tomó diferentes formas: cacerolazos en la penumbra, barricadas improvisadas y la quema de desechos para llamar la atención.
Este estallido social se da luego de meses de deterioro de los servicios básicos, en un contexto donde el gobierno prefiere la contención policial antes que el diálogo o la implementación de soluciones urgentes. El contraste entre el reconocimiento oficial de la crisis y la falta de medidas palpables alimenta el descontento popular, que no da señales de ceder.
La prolongación de los apagones no solo afecta la calidad de vida, sino que también expone un país al límite, con una sociedad que, por primera vez en mucho tiempo, parece dispuesta a devolver los golpes y hacerse escuchar con fuerza en las calles de su propia ciudad.
